Hay una conversación que he venido teniendo conmigo misma desde hace más de un año, especialmente después de mi separación, y de salir de un entorno que poco a poco me fue desconectando de mi propia sensación de estabilidad y no de un solo golpe… y ahí es donde está justamente lo complicado.
Fue poco a poco, gradualmente, casi invisible. A través del agotamiento, del desgaste emocional, de cuestionarme constantemente si lo que sentía tenía sentido, si mis reacciones eran válidas, si realmente estaba viendo las cosas con claridad o si simplemente estaba siendo “demasiado”. Cómo no confundirse con ese nivel de críticas si al final, como la que estaba en duelo, yendo a terapia, ¡un drama, una cosa! era Yo! (léase con ironía)
Y creo que muchísimas mujeres saben exactamente cómo se siente eso y de lo que estoy hablando.
Ese momento en el que ya no estás en plena crisis, las cosas “técnicamente” están mejor, la vida sigue avanzando… pero tu cuerpo todavía actúa como si siempre hubiese algo pendiente y sin resolver además de todo.
Reaccionas más fuerte de lo que esperabas. Te abruman cosas que antes podías manejar perfectamente. Y mientras eso ocurre, hay otra versión de ti funcionando en silencio: la parte de ti que se está observando reaccionar y preguntándose: “¿pero cómo puede estar pasando algo como esto, si se supone que las cosas estaban más bajo control?!”
Y eso, esa suerte de confusión, lo cambia todo! Porque poco a poco empiezas a dejar de confiar en tus propias respuestas y reacciones. Lo que antes sentías instintivo empieza a sentirse cuestionable.
Empiezas a dudar antes de creer completamente en lo que estás sintiendo. Te aguantas, te callas, sólo “por si acaso“. Te empiezas a editar en tiempo real.
Yo pasé por un período así y ahora, viéndolo desde la distancia, puedo entender un poco mejor la cantidad de cosas que estaban desreguladas.
Yo vengo de una cultura donde las emociones son más visibles. En Venezuela la gente muestra lo que siente, reacciona, y se expresa más abiertamente. Puede ser intenso, sí, pero también es parte de cómo nos orientamos en el mundo.
Hay una especie de brújula natural en nosotros, y una capacidad diferente de sentir cuándo algo se siente bien, cuándo algo se siente raro, cuándo alguien o algo es genuinamente peligroso o tóxico.
La expresión emocional no se interpreta automáticamente como inestabilidad. Se procesa más como información; al menos en el contexto y época en la que yo nací, crecí y que desafortunadamente luego dejé atrás al emigrar.
Para descubrirme entonces en entornos o realidades donde esa misma intensidad no se leía igual, donde la expresión emocional es más contenida, más medida, más filtrada.
Y poco a poco, sin decidirlo conscientemente, empecé a traducirme a una versión más fácil de recibir, y con la que ahora entiendo que se me hizo más fácil para interactuar sin malentendidos o juicios innecesarios.
Empecé a suavizar mis reacciones. A guardarme cosas. A volverme más cuidadosa con lo que expresaba y cómo lo expresaba. Y con el tiempo, lo que antes se sentía natural empezó a sentirse excesivo. Me llené de dudas, no era tan obvio para mi que el contexto era tan diferente al que yo daba por “normal”
Mientras que al mismo tiempo, estaba en una relación donde mis respuestas emocionales no estaban siendo recibidas de una forma que generara claridad o contención.
Muchas veces eran cuestionadas, minimizadas, redirigidas o tratadas como algo que yo tenía que corregir antes siquiera de entender qué me estaba pasando realmente. El duelo, los miedos, incluso los retos que vienen con ello.
Existen mundos emocionales incompatibles, y también existen personas que abusan y manipulan gracias a esa incompatibilidad, de hecho, la necesitan, pero no siempre de maneras obvias. Y eso es precisamente lo que lo hace tan confuso.
Sucede en pequeñas cosas. En interrupciones constantes. En comentarios aparentemente inocentes. En esa sensación de tener que explicar demasiado lo que sientes para que tenga sentido para la otra persona.
Eso corroe por dentro, ya no se trata solamente de lo que sientes. Empieza a tratarse de si puedes confiar en ti misma mientras lo estás sintiendo.
Y ahí es donde la cosa se pone peligrosa.
SI! No dramática. Peligrosa!!
Porque una vez que una persona empieza a desconectarse de sus propias señales internas, se vuelve mucho más fácil moldearla alrededor de la comodidad, las expectativas, las interpretaciones y el control de los demás.
Cuando miro hacia atrás, no veo a una mujer “demasiado emocional”. Veo a una mujer intentando procesar algo real mientras constantemente se interrumpía a sí misma para mantenerse comprensible, aceptable, manejable, tranquila.
También creo que muchísimas mujeres viven ahí durante años sin darse cuenta.
Nos enseñan muy temprano que la intensidad emocional es sospechosa. Que el desborde visible es vergonzoso. Que las reacciones hay que controlarlas rápido, empaquetarlas bonito y mantenerlas socialmente aceptables.
Seguimos cargando la sombra de cosas como la Histeria aunque el lenguaje haya cambiado. Ahora suena más moderno, más sutil, más “psicológico”.
Muy sensible.
Muy intensa.
Muy reactiva.
Demasiado.
Y esto importa porque mucho de lo que llamamos “drama” en realidad no es un rasgo de personalidad. Muchas veces es lo que ocurre cuando el procesamiento emocional se interrumpe constantemente. Cuando el sistema nervioso nunca logra completar lo que está intentando procesar. Cuando a alguien le piden que se calme antes siquiera de tener espacio para entender qué está ocurriendo dentro de sí.
Y eventualmente muchas mujeres terminan desconectándose no solo de sus emociones, sino de la información dentro de esas emociones. De las señales. Del instinto. Del intento del cuerpo de decir: Mira mijita! ojo con esto!
Incluso conceptos como el Gaslighting o Nervous system dysregulation intentan describir lo que ocurre cuando la percepción, la seguridad emocional y el agotamiento fisiológico chocan durante demasiado tiempo sin suficiente claridad, apoyo o contención.
Y creo que por eso tantas mujeres terminan haciéndose la pregunta equivocada.
En vez de preguntarse:
¿Qué me pasó para que mi sistema reaccionara así?
Terminan preguntándose:
¿Qué me pasa a mí?
Y esas son dos conversaciones completamente distintas.
Porque quizás eso que llevamos años llamando “drama” nunca fue realmente el problema.
Quizás el verdadero daño empezó el día en que aprendimos a desconfiar de nuestra propia realidad emocional.
_________________________
(En la Parte 2 voy a compartir algunas de las cosas que empezaron a ayudarme a reconectarme con mi propia brújula interna después de pasar tanto tiempo dudando de ella.)
Hay una conversación que he venido teniendo conmigo misma desde hace más de un año, especialmente después de mi separación, y de salir de un entorno que poco a poco me fue desconectando de mi propia sensación de estabilidad y no de un solo golpe… y ahí es donde está justamente lo complicado.
Fue poco a poco, gradualmente, casi invisible. A través del agotamiento, del desgaste emocional, de cuestionarme constantemente si lo que sentía tenía sentido, si mis reacciones eran válidas, si realmente estaba viendo las cosas con claridad o si simplemente estaba siendo “demasiado”. Cómo no confundirse con ese nivel de críticas si al final, como la que estaba en duelo, yendo a terapia, ¡un drama, una cosa! era Yo! (léase con ironía)
Y creo que muchísimas mujeres saben exactamente cómo se siente eso y de lo que estoy hablando.
Ese momento en el que ya no estás en plena crisis, las cosas “técnicamente” están mejor, la vida sigue avanzando… pero tu cuerpo todavía actúa como si siempre hubiese algo pendiente y sin resolver además de todo.
Reaccionas más fuerte de lo que esperabas. Te abruman cosas que antes podías manejar perfectamente. Y mientras eso ocurre, hay otra versión de ti funcionando en silencio: la parte de ti que se está observando reaccionar y preguntándose: “¿pero cómo puede estar pasando algo como esto, si se supone que las cosas estaban más bajo control?!”
Y eso, esa suerte de confusión, lo cambia todo! Porque poco a poco empiezas a dejar de confiar en tus propias respuestas y reacciones. Lo que antes sentías instintivo empieza a sentirse cuestionable.
Empiezas a dudar antes de creer completamente en lo que estás sintiendo. Te aguantas, te callas, sólo “por si acaso“. Te empiezas a editar en tiempo real.
Yo pasé por un período así y ahora, viéndolo desde la distancia, puedo entender un poco mejor la cantidad de cosas que estaban desreguladas.
Yo vengo de una cultura donde las emociones son más visibles. En Venezuela la gente muestra lo que siente, reacciona, y se expresa más abiertamente. Puede ser intenso, sí, pero también es parte de cómo nos orientamos en el mundo.
Hay una especie de brújula natural en nosotros, y una capacidad diferente de sentir cuándo algo se siente bien, cuándo algo se siente raro, cuándo alguien o algo es genuinamente peligroso o tóxico.
La expresión emocional no se interpreta automáticamente como inestabilidad. Se procesa más como información; al menos en el contexto y época en la que yo nací, crecí y que desafortunadamente luego dejé atrás al emigrar.
Para descubrirme entonces en entornos o realidades donde esa misma intensidad no se leía igual, donde la expresión emocional es más contenida, más medida, más filtrada.
Y poco a poco, sin decidirlo conscientemente, empecé a traducirme a una versión más fácil de recibir, y con la que ahora entiendo que se me hizo más fácil para interactuar sin malentendidos o juicios innecesarios.
Empecé a suavizar mis reacciones. A guardarme cosas. A volverme más cuidadosa con lo que expresaba y cómo lo expresaba. Y con el tiempo, lo que antes se sentía natural empezó a sentirse excesivo. Me llené de dudas, no era tan obvio para mi que el contexto era tan diferente al que yo daba por “normal”
Mientras que al mismo tiempo, estaba en una relación donde mis respuestas emocionales no estaban siendo recibidas de una forma que generara claridad o contención.
Muchas veces eran cuestionadas, minimizadas, redirigidas o tratadas como algo que yo tenía que corregir antes siquiera de entender qué me estaba pasando realmente. El duelo, los miedos, incluso los retos que vienen con ello.
Existen mundos emocionales incompatibles, y también existen personas que abusan y manipulan gracias a esa incompatibilidad, de hecho, la necesitan, pero no siempre de maneras obvias. Y eso es precisamente lo que lo hace tan confuso.
Sucede en pequeñas cosas. En interrupciones constantes. En comentarios aparentemente inocentes. En esa sensación de tener que explicar demasiado lo que sientes para que tenga sentido para la otra persona.
Eso corroe por dentro, ya no se trata solamente de lo que sientes. Empieza a tratarse de si puedes confiar en ti misma mientras lo estás sintiendo.
Y ahí es donde la cosa se pone peligrosa.
SI! No dramática. Peligrosa!!
Porque una vez que una persona empieza a desconectarse de sus propias señales internas, se vuelve mucho más fácil moldearla alrededor de la comodidad, las expectativas, las interpretaciones y el control de los demás.
Cuando miro hacia atrás, no veo a una mujer “demasiado emocional”. Veo a una mujer intentando procesar algo real mientras constantemente se interrumpía a sí misma para mantenerse comprensible, aceptable, manejable, tranquila.
También creo que muchísimas mujeres viven ahí durante años sin darse cuenta.
Nos enseñan muy temprano que la intensidad emocional es sospechosa. Que el desborde visible es vergonzoso. Que las reacciones hay que controlarlas rápido, empaquetarlas bonito y mantenerlas socialmente aceptables.
Seguimos cargando la sombra de cosas como la Histeria aunque el lenguaje haya cambiado. Ahora suena más moderno, más sutil, más “psicológico”.
Muy sensible.
Muy intensa.
Muy reactiva.
Demasiado.
Y esto importa porque mucho de lo que llamamos “drama” en realidad no es un rasgo de personalidad. Muchas veces es lo que ocurre cuando el procesamiento emocional se interrumpe constantemente. Cuando el sistema nervioso nunca logra completar lo que está intentando procesar. Cuando a alguien le piden que se calme antes siquiera de tener espacio para entender qué está ocurriendo dentro de sí.
Y eventualmente muchas mujeres terminan desconectándose no solo de sus emociones, sino de la información dentro de esas emociones. De las señales. Del instinto. Del intento del cuerpo de decir: Mira mijita! ojo con esto!
Incluso conceptos como el Gaslighting o Nervous system dysregulation intentan describir lo que ocurre cuando la percepción, la seguridad emocional y el agotamiento fisiológico chocan durante demasiado tiempo sin suficiente claridad, apoyo o contención.
Y creo que por eso tantas mujeres terminan haciéndose la pregunta equivocada.
En vez de preguntarse:
¿Qué me pasó para que mi sistema reaccionara así?
Terminan preguntándose:
¿Qué me pasa a mí?
Y esas son dos conversaciones completamente distintas.
Porque quizás eso que llevamos años llamando “drama” nunca fue realmente el problema.
Quizás el verdadero daño empezó el día en que aprendimos a desconfiar de nuestra propia realidad emocional.
_________________________
(En la Parte 2 voy a compartir algunas de las cosas que empezaron a ayudarme a reconectarme con mi propia brújula interna después de pasar tanto tiempo dudando de ella.)
Hay una conversación que he venido teniendo conmigo misma desde hace más de un año, especialmente después de mi separación, y de salir de un entorno que poco a poco me fue desconectando de mi propia sensación de estabilidad y no de un solo golpe… y ahí es donde está justamente lo complicado.
Fue poco a poco, gradualmente, casi invisible. A través del agotamiento, del desgaste emocional, de cuestionarme constantemente si lo que sentía tenía sentido, si mis reacciones eran válidas, si realmente estaba viendo las cosas con claridad o si simplemente estaba siendo “demasiado”. Cómo no confundirse con ese nivel de críticas si al final, como la que estaba en duelo, yendo a terapia, ¡un drama, una cosa! era Yo! (léase con ironía)
Y creo que muchísimas mujeres saben exactamente cómo se siente eso y de lo que estoy hablando.
Ese momento en el que ya no estás en plena crisis, las cosas “técnicamente” están mejor, la vida sigue avanzando… pero tu cuerpo todavía actúa como si siempre hubiese algo pendiente y sin resolver además de todo.
Reaccionas más fuerte de lo que esperabas. Te abruman cosas que antes podías manejar perfectamente. Y mientras eso ocurre, hay otra versión de ti funcionando en silencio: la parte de ti que se está observando reaccionar y preguntándose: “¿pero cómo puede estar pasando algo como esto, si se supone que las cosas estaban más bajo control?!”
Y eso, esa suerte de confusión, lo cambia todo! Porque poco a poco empiezas a dejar de confiar en tus propias respuestas y reacciones. Lo que antes sentías instintivo empieza a sentirse cuestionable.
Empiezas a dudar antes de creer completamente en lo que estás sintiendo. Te aguantas, te callas, sólo “por si acaso“. Te empiezas a editar en tiempo real.
Yo pasé por un período así y ahora, viéndolo desde la distancia, puedo entender un poco mejor la cantidad de cosas que estaban desreguladas.
Yo vengo de una cultura donde las emociones son más visibles. En Venezuela la gente muestra lo que siente, reacciona, y se expresa más abiertamente. Puede ser intenso, sí, pero también es parte de cómo nos orientamos en el mundo.
Hay una especie de brújula natural en nosotros, y una capacidad diferente de sentir cuándo algo se siente bien, cuándo algo se siente raro, cuándo alguien o algo es genuinamente peligroso o tóxico.
La expresión emocional no se interpreta automáticamente como inestabilidad. Se procesa más como información; al menos en el contexto y época en la que yo nací, crecí y que desafortunadamente luego dejé atrás al emigrar.
Para descubrirme entonces en entornos o realidades donde esa misma intensidad no se leía igual, donde la expresión emocional es más contenida, más medida, más filtrada.
Y poco a poco, sin decidirlo conscientemente, empecé a traducirme a una versión más fácil de recibir, y con la que ahora entiendo que se me hizo más fácil para interactuar sin malentendidos o juicios innecesarios.
Empecé a suavizar mis reacciones. A guardarme cosas. A volverme más cuidadosa con lo que expresaba y cómo lo expresaba. Y con el tiempo, lo que antes se sentía natural empezó a sentirse excesivo. Me llené de dudas, no era tan obvio para mi que el contexto era tan diferente al que yo daba por “normal”
Mientras que al mismo tiempo, estaba en una relación donde mis respuestas emocionales no estaban siendo recibidas de una forma que generara claridad o contención.
Muchas veces eran cuestionadas, minimizadas, redirigidas o tratadas como algo que yo tenía que corregir antes siquiera de entender qué me estaba pasando realmente. El duelo, los miedos, incluso los retos que vienen con ello.
Existen mundos emocionales incompatibles, y también existen personas que abusan y manipulan gracias a esa incompatibilidad, de hecho, la necesitan, pero no siempre de maneras obvias. Y eso es precisamente lo que lo hace tan confuso.
Sucede en pequeñas cosas. En interrupciones constantes. En comentarios aparentemente inocentes. En esa sensación de tener que explicar demasiado lo que sientes para que tenga sentido para la otra persona.
Eso corroe por dentro, ya no se trata solamente de lo que sientes. Empieza a tratarse de si puedes confiar en ti misma mientras lo estás sintiendo.
Y ahí es donde la cosa se pone peligrosa.
SI! No dramática. Peligrosa!!
Porque una vez que una persona empieza a desconectarse de sus propias señales internas, se vuelve mucho más fácil moldearla alrededor de la comodidad, las expectativas, las interpretaciones y el control de los demás.
Cuando miro hacia atrás, no veo a una mujer “demasiado emocional”. Veo a una mujer intentando procesar algo real mientras constantemente se interrumpía a sí misma para mantenerse comprensible, aceptable, manejable, tranquila.
También creo que muchísimas mujeres viven ahí durante años sin darse cuenta.
Nos enseñan muy temprano que la intensidad emocional es sospechosa. Que el desborde visible es vergonzoso. Que las reacciones hay que controlarlas rápido, empaquetarlas bonito y mantenerlas socialmente aceptables.
Seguimos cargando la sombra de cosas como la Histeria aunque el lenguaje haya cambiado. Ahora suena más moderno, más sutil, más “psicológico”.
Muy sensible.
Muy intensa.
Muy reactiva.
Demasiado.
Y esto importa porque mucho de lo que llamamos “drama” en realidad no es un rasgo de personalidad. Muchas veces es lo que ocurre cuando el procesamiento emocional se interrumpe constantemente. Cuando el sistema nervioso nunca logra completar lo que está intentando procesar. Cuando a alguien le piden que se calme antes siquiera de tener espacio para entender qué está ocurriendo dentro de sí.
Y eventualmente muchas mujeres terminan desconectándose no solo de sus emociones, sino de la información dentro de esas emociones. De las señales. Del instinto. Del intento del cuerpo de decir: Mira mijita! ojo con esto!
Incluso conceptos como el Gaslighting o Nervous system dysregulation intentan describir lo que ocurre cuando la percepción, la seguridad emocional y el agotamiento fisiológico chocan durante demasiado tiempo sin suficiente claridad, apoyo o contención.
Y creo que por eso tantas mujeres terminan haciéndose la pregunta equivocada.
En vez de preguntarse:
¿Qué me pasó para que mi sistema reaccionara así?
Terminan preguntándose:
¿Qué me pasa a mí?
Y esas son dos conversaciones completamente distintas.
Porque quizás eso que llevamos años llamando “drama” nunca fue realmente el problema.
Quizás el verdadero daño empezó el día en que aprendimos a desconfiar de nuestra propia realidad emocional.
_________________________
(En la Parte 2 voy a compartir algunas de las cosas que empezaron a ayudarme a reconectarme con mi propia brújula interna después de pasar tanto tiempo dudando de ella.)