En la primera parte hablé sobre el drama. Sobre lo fácil que es juzgar ciertas reacciones humanas desde afuera y sobre cómo muchas veces lo que llamamos “drama” no es otra cosa que dolor, miedo, desesperación o un sistema nervioso completamente sobrepasado intentando sobrevivir.
Pero hay otra parte de todo esto de la que casi no se habla.
La vergüenza.
La vergüenza que viene después de una traición.
La vergüenza que viene después de una relación emocionalmente confusa.
La vergüenza que viene después de perder a alguien.
La vergüenza que aparece cuando las personas te juzgan, te “cancelan” o incluso te hacen bullying por hablar de tu verdad y de lo que sientes.
La vergüenza de no “superarlo” suficientemente rápido.
La vergüenza de sentirte demasiado afectada, demasiado emocional, demasiado rota.
Y honestamente, creo que muchas mujeres pasan años enteros creyendo que la vergüenza es una consecuencia natural de haber atravesado algo difícil.
Como si sentirse humillada por el propio dolor fuese parte del proceso de sanar.
Algo que me tomó muchísimo tiempo entender es esto:
Al principio, cuando algo terrible ocurre, la gente generalmente sabe más o menos cómo aparecer. Hay mensajes, abrazos, paciencia, preocupación. Pero después de un tiempo, incluso sin mala intención, algo en el ambiente cambia. Empiezas a sentir que el mundo espera silenciosamente que ya hayas encontrado una manera correcta de procesar lo que pasó.
Y honestamente, creo que ahí fue donde comenzó mi verdadera vergüenza.
No solamente por el suicidio de mi amigo, ni por la traición de mi ex narcisista encubierto, ni por el colapso emocional que vino después de demasiadas cosas acumuladas.
La vergüenza empezó cuando comencé a sentir que mi dolor ya no era cómodo para otras personas. Cuando mi mejor amiga me dio la espalda. Cuando una “amiga” me dijo que dejara de hablar tanto sobre lo absurdo del comportamiento abusivo de mi ex después de la separación, aun cuando quedé atrapada viviendo meses en la misma casa con él. Cuando amigos que sé que me quieren empezaron a decirme que yo ya estaba fuerte y que necesitaba seguir adelante.
Y también quiero ser justa. Hoy puedo entender que muchas personas simplemente no saben qué hacer frente al dolor prolongado de alguien más. No saben cómo acompañar algo que no tiene una solución rápida. Pero aunque hoy pueda ver eso con más compasión, en ese momento algo dentro de mí tradujo todo aquello de una manera muy cruel.
Empecé a sentir que yo era “demasiado”.
Ya sabes cómo funciona esto. De repente nos convertimos en demasiado afectadas, demasiado emocionales, demasiado complicadas… demasiado rotas, tóxicas, dramáticas.

Y poco a poco empecé a sentir vergüenza de cosas que hoy veo de una manera completamente distinta.
Me daba vergüenza haber confiado tan profundamente en una “pareja”. Me daba vergüenza no haber visto cosas que hoy parecen dolorosamente obvias. Me daba vergüenza sentirme emocionalmente inestable, necesitar ayuda, no tener respuestas, no saber cómo encontrar rápidamente una salida de un lugar interno tan oscuro y confuso.
Lo más duro de la vergüenza es cómo empieza lentamente a meterse en las partes más pequeñas de tu vida hasta terminar afectándolo todo. Yo empecé a esconderme muchísimo. Dejé de responder mensajes durante días o semanas enteras. Miraba el teléfono y simplemente no podía contestar. No porque no quisiera a la gente. Creo que en el fondo me daba vergüenza existir en el estado en el que estaba.
También abandoné proyectos importantes a mitad de camino. Procrastinaba constantemente. Consumía demasiada marihuana, demasiadas distracciones, demasiadas redes sociales. Y durante mucho tiempo creí que todo eso significaba que me estaba convirtiendo en una persona floja, irresponsable o inestable.
Hoy no lo veo así.
Hoy creo que gran parte de eso era simplemente una mujer intentando sobrevivir mientras sentía que estaba perdiendo completamente la relación consigo misma.
Y quizás una de las cosas más importantes que he entendido en estos años es que la vergüenza no nos ayuda a sanar. Realmente no lo hace. No vuelve a las personas más conscientes, más responsables o más maduras. En muchos casos solamente vuelve el proceso más pesado y más solitario.
Porque el dolor ya existe. La pérdida ya existe. La decepción ya existe. Agregar encima una capa constante de humillación no transforma el sufrimiento en algo noble. Solo hace que una persona empiece a desaparecer de sí misma.
También llegué a entender algo que me parece importante decir en voz alta:
La vergüenza es profundamente social. Crece a través de los juicios que absorbemos. A través de sentir que ya deberíamos estar mejor. A través de creer que necesitamos reaccionar “correctamente” para seguir siendo merecedoras de amor, paciencia o comprensión. Como si existiera una manera elegante de atravesar ciertas experiencias humanas.
Y honestamente, yo no la encontré.
Hubo momentos donde no tenía claridad, ni respuestas, ni una salida concreta. Momentos donde simplemente estaba intentando llegar viva al día siguiente sin destruirme todavía más de lo que ya me sentía destruida.
Hasta que poco a poco empecé a entender algo que cambió completamente la manera en la que me veía a mí misma: yo no le debía a nadie una recuperación perfecta.
No tenía que convertirme inmediatamente en una mujer fuerte, regulada y sabia para merecer compasión. No tenía que dejar de sentir miedo o vergüenza antes de volver a avanzar. No tenía que esperar a sentirme emocionalmente impecable para volver a participar en mi propia vida.
Así que empecé a hacer cosas aun sintiendo miedo. Aun sintiendo vergüenza. Aun dudando de mí misma. Empecé a aparecer incluso cuando no me sentía lista. Y creo que ahí fue donde comenzó una parte mucho más real de mi sanación.
No cuando finalmente me sentí fuerte, sino cuando dejé de creer que mi humanidad era algo que tenía que esconder hasta “arreglarla”.
Hoy, si una mujer me preguntara qué hacer con su vergüenza, no creo que le diría que intente eliminarla inmediatamente. Le diría que empiece observándola. Que trate de entender de dónde viene. Que se pregunte cuántas veces confundió ser humana con ser un fracaso.
Porque si hay algo que he aprendido, es que la vergüenza rara vez aparece para ayudarnos a crecer.
La mayoría de las veces aparece para convencernos de que deberíamos desaparecer.
F!
A HERETIKA
En la primera parte hablé sobre el drama. Sobre lo fácil que es juzgar ciertas reacciones humanas desde afuera y sobre cómo muchas veces lo que llamamos “drama” no es otra cosa que dolor, miedo, desesperación o un sistema nervioso completamente sobrepasado intentando sobrevivir.
Pero hay otra parte de todo esto de la que casi no se habla.
La vergüenza.
La vergüenza que viene después de una traición.
La vergüenza que viene después de una relación emocionalmente confusa.
La vergüenza que viene después de perder a alguien.
La vergüenza que aparece cuando las personas te juzgan, te “cancelan” o incluso te hacen bullying por hablar de tu verdad y de lo que sientes.
La vergüenza de no “superarlo” suficientemente rápido.
La vergüenza de sentirte demasiado afectada, demasiado emocional, demasiado rota.
Y honestamente, creo que muchas mujeres pasan años enteros creyendo que la vergüenza es una consecuencia natural de haber atravesado algo difícil.
Como si sentirse humillada por el propio dolor fuese parte del proceso de sanar.
Algo que me tomó muchísimo tiempo entender es esto:
Al principio, cuando algo terrible ocurre, la gente generalmente sabe más o menos cómo aparecer. Hay mensajes, abrazos, paciencia, preocupación. Pero después de un tiempo, incluso sin mala intención, algo en el ambiente cambia. Empiezas a sentir que el mundo espera silenciosamente que ya hayas encontrado una manera correcta de procesar lo que pasó.
Y honestamente, creo que ahí fue donde comenzó mi verdadera vergüenza.
No solamente por el suicidio de mi amigo, ni por la traición de mi ex narcisista encubierto, ni por el colapso emocional que vino después de demasiadas cosas acumuladas.
La vergüenza empezó cuando comencé a sentir que mi dolor ya no era cómodo para otras personas. Cuando mi hija me dio la espalda. Cuando una “amiga” me dijo que dejara de hablar tanto sobre lo absurdo del comportamiento abusivo de mi ex después de la separación, aun cuando quedé atrapada viviendo meses en la misma casa con él. Cuando amigos que sé que me quieren empezaron a decirme que yo ya estaba fuerte y que necesitaba seguir adelante.
Y también quiero ser justa. Hoy puedo entender que muchas personas simplemente no saben qué hacer frente al dolor prolongado de alguien más. No saben cómo acompañar algo que no tiene una solución rápida. Pero aunque hoy pueda ver eso con más compasión, en ese momento algo dentro de mí tradujo todo aquello de una manera muy cruel.
Empecé a sentir que yo era “demasiado”.
Ya sabes cómo funciona esto. De repente nos convertimos en demasiado afectadas, demasiado emocionales, demasiado complicadas… demasiado rotas, tóxicas, dramáticas.

Y poco a poco empecé a sentir vergüenza de cosas que hoy veo de una manera completamente distinta.
Me daba vergüenza haber confiado tan profundamente en una “pareja”. Me daba vergüenza no haber visto cosas que hoy parecen dolorosamente obvias. Me daba vergüenza sentirme emocionalmente inestable, necesitar ayuda, no tener respuestas, no saber cómo encontrar rápidamente una salida de un lugar interno tan oscuro y confuso.
Lo más duro de la vergüenza es cómo empieza lentamente a meterse en las partes más pequeñas de tu vida hasta terminar afectándolo todo. Yo empecé a esconderme muchísimo. Dejé de responder mensajes durante días o semanas enteras. Miraba el teléfono y simplemente no podía contestar. No porque no quisiera a la gente. Creo que en el fondo me daba vergüenza existir en el estado en el que estaba.
También abandoné proyectos importantes a mitad de camino. Procrastinaba constantemente. Consumía demasiada marihuana, demasiadas distracciones, demasiadas redes sociales. Y durante mucho tiempo creí que todo eso significaba que me estaba convirtiendo en una persona floja, irresponsable o inestable.
Hoy no lo veo así.
Hoy creo que gran parte de eso era simplemente una mujer intentando sobrevivir mientras sentía que estaba perdiendo completamente la relación consigo misma.
Y quizás una de las cosas más importantes que he entendido en estos años es que la vergüenza no nos ayuda a sanar. Realmente no lo hace. No vuelve a las personas más conscientes, más responsables o más maduras. En muchos casos solamente vuelve el proceso más pesado y más solitario.
Porque el dolor ya existe. La pérdida ya existe. La decepción ya existe. Agregar encima una capa constante de humillación no transforma el sufrimiento en algo noble. Solo hace que una persona empiece a desaparecer de sí misma.
También llegué a entender algo que me parece importante decir en voz alta:
La vergüenza es profundamente social. Crece a través de los juicios que absorbemos. A través de sentir que ya deberíamos estar mejor. A través de creer que necesitamos reaccionar “correctamente” para seguir siendo merecedoras de amor, paciencia o comprensión. Como si existiera una manera elegante de atravesar ciertas experiencias humanas.
Y honestamente, yo no la encontré.
Hubo momentos donde no tenía claridad, ni respuestas, ni una salida concreta. Momentos donde simplemente estaba intentando llegar viva al día siguiente sin destruirme todavía más de lo que ya me sentía destruida.
Hasta que poco a poco empecé a entender algo que cambió completamente la manera en la que me veía a mí misma: yo no le debía a nadie una recuperación perfecta.
No tenía que convertirme inmediatamente en una mujer fuerte, regulada y sabia para merecer compasión. No tenía que dejar de sentir miedo o vergüenza antes de volver a avanzar. No tenía que esperar a sentirme emocionalmente impecable para volver a participar en mi propia vida.
Así que empecé a hacer cosas aun sintiendo miedo. Aun sintiendo vergüenza. Aun dudando de mí misma. Empecé a aparecer incluso cuando no me sentía lista. Y creo que ahí fue donde comenzó una parte mucho más real de mi sanación.
No cuando finalmente me sentí fuerte, sino cuando dejé de creer que mi humanidad era algo que tenía que esconder hasta “arreglarla”.
Hoy, si una mujer me preguntara qué hacer con su vergüenza, no creo que le diría que intente eliminarla inmediatamente. Le diría que empiece observándola. Que trate de entender de dónde viene. Que se pregunte cuántas veces confundió ser humana con ser un fracaso.
Porque si hay algo que he aprendido, es que la vergüenza rara vez aparece para ayudarnos a crecer.
La mayoría de las veces aparece para convencernos de que deberíamos desaparecer.
F!
A HERETIKA
En la primera parte hablé sobre el drama. Sobre lo fácil que es juzgar ciertas reacciones humanas desde afuera y sobre cómo muchas veces lo que llamamos “drama” no es otra cosa que dolor, miedo, desesperación o un sistema nervioso completamente sobrepasado intentando sobrevivir.
Pero hay otra parte de todo esto de la que casi no se habla.
La vergüenza.
La vergüenza que viene después de una traición.
La vergüenza que viene después de una relación emocionalmente confusa.
La vergüenza que viene después de perder a alguien.
La vergüenza que aparece cuando las personas te juzgan, te “cancelan” o incluso te hacen bullying por hablar de tu verdad y de lo que sientes.
La vergüenza de no “superarlo” suficientemente rápido.
La vergüenza de sentirte demasiado afectada, demasiado emocional, demasiado rota.
Y honestamente, creo que muchas mujeres pasan años enteros creyendo que la vergüenza es una consecuencia natural de haber atravesado algo difícil.
Como si sentirse humillada por el propio dolor fuese parte del proceso de sanar.
Algo que me tomó muchísimo tiempo entender es esto:
Al principio, cuando algo terrible ocurre, la gente generalmente sabe más o menos cómo aparecer. Hay mensajes, abrazos, paciencia, preocupación. Pero después de un tiempo, incluso sin mala intención, algo en el ambiente cambia. Empiezas a sentir que el mundo espera silenciosamente que ya hayas encontrado una manera correcta de procesar lo que pasó.
Y honestamente, creo que ahí fue donde comenzó mi verdadera vergüenza.
No solamente por el suicidio de mi amigo, ni por la traición de mi ex narcisista encubierto, ni por el colapso emocional que vino después de demasiadas cosas acumuladas.
La vergüenza empezó cuando comencé a sentir que mi dolor ya no era cómodo para otras personas. Cuando mi mejor amiga me dio la espalda. Cuando una “amiga” me dijo que dejara de hablar tanto sobre lo absurdo del comportamiento abusivo de mi ex después de la separación, aun cuando quedé atrapada viviendo meses en la misma casa con él. Cuando amigos que sé que me quieren empezaron a decirme que yo ya estaba fuerte y que necesitaba seguir adelante.
Y también quiero ser justa. Hoy puedo entender que muchas personas simplemente no saben qué hacer frente al dolor prolongado de alguien más. No saben cómo acompañar algo que no tiene una solución rápida. Pero aunque hoy pueda ver eso con más compasión, en ese momento algo dentro de mí tradujo todo aquello de una manera muy cruel.
Empecé a sentir que yo era “demasiado”.
Ya sabes cómo funciona esto. De repente nos convertimos en demasiado afectadas, demasiado emocionales, demasiado complicadas… demasiado rotas, tóxicas, dramáticas.

Y poco a poco empecé a sentir vergüenza de cosas que hoy veo de una manera completamente distinta.
Me daba vergüenza haber confiado tan profundamente en una “pareja”. Me daba vergüenza no haber visto cosas que hoy parecen dolorosamente obvias. Me daba vergüenza sentirme emocionalmente inestable, necesitar ayuda, no tener respuestas, no saber cómo encontrar rápidamente una salida de un lugar interno tan oscuro y confuso.
Lo más duro de la vergüenza es cómo empieza lentamente a meterse en las partes más pequeñas de tu vida hasta terminar afectándolo todo. Yo empecé a esconderme muchísimo. Dejé de responder mensajes durante días o semanas enteras. Miraba el teléfono y simplemente no podía contestar. No porque no quisiera a la gente. Creo que en el fondo me daba vergüenza existir en el estado en el que estaba.
También abandoné proyectos importantes a mitad de camino. Procrastinaba constantemente. Consumía demasiada marihuana, demasiadas distracciones, demasiadas redes sociales. Y durante mucho tiempo creí que todo eso significaba que me estaba convirtiendo en una persona floja, irresponsable o inestable.
Hoy no lo veo así.
Hoy creo que gran parte de eso era simplemente una mujer intentando sobrevivir mientras sentía que estaba perdiendo completamente la relación consigo misma.
Y quizás una de las cosas más importantes que he entendido en estos años es que la vergüenza no nos ayuda a sanar. Realmente no lo hace. No vuelve a las personas más conscientes, más responsables o más maduras. En muchos casos solamente vuelve el proceso más pesado y más solitario.
Porque el dolor ya existe. La pérdida ya existe. La decepción ya existe. Agregar encima una capa constante de humillación no transforma el sufrimiento en algo noble. Solo hace que una persona empiece a desaparecer de sí misma.
También llegué a entender algo que me parece importante decir en voz alta:
La vergüenza es profundamente social. Crece a través de los juicios que absorbemos. A través de sentir que ya deberíamos estar mejor. A través de creer que necesitamos reaccionar “correctamente” para seguir siendo merecedoras de amor, paciencia o comprensión. Como si existiera una manera elegante de atravesar ciertas experiencias humanas.
Y honestamente, yo no la encontré.
Hubo momentos donde no tenía claridad, ni respuestas, ni una salida concreta. Momentos donde simplemente estaba intentando llegar viva al día siguiente sin destruirme todavía más de lo que ya me sentía destruida.
Hasta que poco a poco empecé a entender algo que cambió completamente la manera en la que me veía a mí misma: yo no le debía a nadie una recuperación perfecta.
No tenía que convertirme inmediatamente en una mujer fuerte, regulada y sabia para merecer compasión. No tenía que dejar de sentir miedo o vergüenza antes de volver a avanzar. No tenía que esperar a sentirme emocionalmente impecable para volver a participar en mi propia vida.
Así que empecé a hacer cosas aun sintiendo miedo. Aun sintiendo vergüenza. Aun dudando de mí misma. Empecé a aparecer incluso cuando no me sentía lista. Y creo que ahí fue donde comenzó una parte mucho más real de mi sanación.
No cuando finalmente me sentí fuerte, sino cuando dejé de creer que mi humanidad era algo que tenía que esconder hasta “arreglarla”.
Hoy, si una mujer me preguntara qué hacer con su vergüenza, no creo que le diría que intente eliminarla inmediatamente. Le diría que empiece observándola. Que trate de entender de dónde viene. Que se pregunte cuántas veces confundió ser humana con ser un fracaso.
Porque si hay algo que he aprendido, es que la vergüenza rara vez aparece para ayudarnos a crecer.
La mayoría de las veces aparece para convencernos de que deberíamos desaparecer.
F!
A HERETIKA