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Elegir en los Momentos Difíciles

 

En los momentos difíciles las personas tenemos la tendencia a victimizarnos y responsabilizar a los demás,  a las cosas externas y situaciones por aquello que nos sucede, en especial aquello que no es grato para nosotros. Sin embargo, todo aquello que nos sucede, bueno o no tan bueno es siempre nuestra responsabilidad, y es consecuencia de las decisiones que tomamos  y de no hacerlo, es la consecuencia por cómo permitimos entonces que decidan los demás.

Nuestros sistemas de defensa, la inconsciencia y hasta la inmadurez hacen que busquemos a los culpables de “nuestras desgracias” (rabia, tristeza, frustración, impotencia, quiebra, hambre, soledad, etc) fuera de nosotros, pero, lo cierto es que somos nosotros quienes finalmente decidimos asumir lo que sucede y sus resultados como víctimas.

Una persona puede ofendernos, puede herirnos, una desgracia puede acontecer como un accidente, o un terremoto, o podemos perderlo todo, y aun así, siempre seremos nosotros quiénes decidimos qué clase de impacto tendrá en nuestras vidas.

¡Siempre podemos elegir qué es lo mejor para nosotros en medio de cualquier situación, siempre!

Elegimos ser víctimas o victimarios, elegimos lamentarnos o superarlo, elegimos caer o tropezar sin tocar suelo, elegimos quedarnos abajo o levantarnos.

Las cosas suceden y siempre sucederán y de nosotros depende cómo lo que sucede afectará nuestras vidas.

Aprender a elegir o a tomar decisiones que resulten en aquello que es lo mejor para ti es un arte que se perfecciona sólo con la práctica, es un hábito que se desarrolla, que requiere atención y responsabilidad.

Primero, tendremos que aprender a observarnos, entender qué tipo de elecciones estamos haciendo y qué tipo de decisiones tomamos en especial ante situaciones “difíciles”. Luego tendremos que abrirnos a ver las opciones, pues siempre hay opciones, y posiblemente tendremos que aprender a ceder y a aceptar que la opción que más nos conviene y nos dará mejores resultados en sensación de bienestar y/o tranquilidad es justo aquella que probablemente no elegiríamos por orgullo o por miedo a tener que lidiar con algo desagradable en especial dentro de nosotros mismos.

También requiere que cambiemos nuestro punto de vista sobre las derrotas y las victorias, pues a veces, perdiendo se gana mucho más. También será necesario aceptar que nadie ni nada es perfecto ni debe serlo, y que la opinión de los demás es sólo eso, opiniones de terceros.

Por ejemplo, en una pelea, alguien nos ofende o nos ataca, nosotros podemos elegir atacar de vuelta y darle rienda suelta a las emociones negativas de una situación como esa, podríamos elegir no atacar y permitir que la ofensa nos afecte llevándonos con nosotros las emociones y ponerlas a macerar en nuestra mente y cuerpo, podríamos elegir que la ofensa no nos afecte entendiendo que quizás quien nos ataca lo hace porque no sabe que tiene el poder de elegir no hacerlo, podríamos elegir evitar la confrontación, podríamos elegir confrontar al otro desde una posición conciliatoria, podríamos elegir un sin número de opciones, algunas nos darán resultados negativos y permanentes, otras podrían hasta disolver la raíz del conflicto, etc.

A veces, muchas veces, desde nuestro inconsciente elegimos no elegir, porque sabemos que el costo de elegir aquello que realmente nos conviene es muy elevado a nivel emocional o nos exigiría confrontarnos con nuestro ego, orgullo, creencias, evitamos a toda costa el dolor de ver nuestras “fallas” e “imperfecciones”, y preferimos embarcarnos en misiones imposibles para defender nuestro punto de vista y nuestro orgullo pensando en el qué dirán, o evitar que el otro sea el que gane, y así ponemos nuestra vida siempre a la orden de los demás olvidando que en realidad, es nuestra vida!

Muchas veces nos empeñamos en mantener relaciones insostenibles  que van desde relaciones de amistad, familiares, laborales o de pareja, vivimos a diario sosteniendo o evandiendo conflictos que sólo siembran en nosotros emociones desagradables y destructivas y casi siempre lo hacemos porque queremos tener la razón, el control o la última palabra… es decir, por orgullo.

Pero, ¿ Qué es lo que en realidad estamos ganando y cuál es el costo real de esas luchas? ¿Es realmente tan importante ese triunfo como para pagarlo con nuestro bienestar emocional?

Ningún conflicto genera bienestar, no se puede hallar la paz a través de una guerra, estas frases son lugares comunes llenos de verdades absolutas.

En lo personal, siempre fui muy competitiva y por ende me vi en medio de innumerables conflictos, cosas tan absurdas como discutir con un extraño en un autobús por un puesto hasta sostener relaciones de pareja realmente conflictivas.

Mi crianza estuvo repleta de vetos, exigencias moralistas y comparaciones perfeccionistas que marcaron mi visión de la vida.

Incluso siendo ya una adulta joven cuando no ganaba, me victimizaba y asumía mis derrotas como fracasos y me hundía en un abismo de ira, , miedo y tristezas, simplemente era muy infeliz ¿Puedes ver cuántas palabras negativas conforman estas frases? ¿Qué cosa positiva podía esperar yo de eso? Culpaba a los otros de mi infelicidad, a mis padres, a mis compañeros, era odiosa, pesimista, densa.

Cuando salía victoriosa de alguno de esos conflictos, me sentía triunfadora por un tiempo muy breve comparado con todo lo que duraban dentro de mí la emoción negativa que me generaba sostener el conflicto hasta ganar.

No me gustaba perder, ¿a quién le gusta perder? por eso mi práctica me hizo adicta a ganar pagando el precio que fuera necesario, llevándome por delante a la gente, ofendiendo, atropellando, en fin actuando equivocadamente, recuerdo que me veía a mí misma como una guerrera samurái, pasaba horas rumeando mis estrategias de defensa, ataque o contrataque, entre mis 27 y 35 años me convertí en una mujer dura, me fui secando, cerrando, amargando y obviamente enfermando; el precio de ser ese tipo de ganador era realmente muy alto a nivel físico y emocional, pero yo necesitaba demostrar quién era yo, mi capacidad de lucha, imponer mis talentos para que obtener reconocimiento, imponerme porque ¿cómo podía permitir que el otro ganara, si yo (creía que) tenía la razón, si yo esto, si yo lo otro, si mis talentos, si mis pasiones, si mi cuerpo, si yo, yo, yo, si mis creencias…en fin, cómo podía permitirlo?

Un día, en medio de uno de esos momentos tan desagradables, llenos de cómos y por qués llegué a sentirme tan mal que hice contacto consciente con mi cuerpo y lo mal que me estaba sintiendo, estaba tan llena de ansiedad que no coordinaba, constantemente sentía mucho dolor físico en la espalda, las mandíbulas, sufría del estómago, mi ritmo cardíaco era a veces irregular, además sentía rabia, y mucho miedo.

 Me vi  y comprendí que, en mi afán de ganar siempre salía perdiendo, me estaba perdiendo a mí misma, ya no era yo, y mis triunfos como ese asiento del autobús que había ganado, o ese cliente que gané compitiendo, incluso una pareja que dormía a mi lado porque yo insistía en que así fuese así no nos amásemos (quizá nunca lo hicimos), nada de eso me hacía realmente feliz, eran los trofeos de mi ego, pero Yo no era feliz.

¿ Qué sentido tenía todo eso, si vivir así, con esos logros, en realidad no me hacía feliz? ¿ De qué me sirve en realidad esa aprobación de terceros, y ese reconocimiento, o admiración, si en realidad, después de esas luchas, yo quedaba destruida y desdibujada? ¿De qué sirve vivir la vida para los demás y lo que ellos puedan opinar, condenar, aplaudir, aprobar? ¿Quiénes son los demás, qué importancia tienen en mi vida? Mi vida!

Entonces me detuve, es preciso detenerse, me retiré, me observé, me sentí, me asombré, acepté y decidí bajar la guardia, porque ¿Qué sentido tenía vivir la vida compitiendo? ¿Qué estaba ganando en realidad y por qué me permitía pagar un precio tan alto solo para satisfacer a mi orgullo? ¿Qué importaba lo que los demás pensaran de mi si fallaba o si ganaba? ¿Para qué sirven los trofeos y los premios?

Me pregunté entonces también qué era lo que yo quería en realidad para mi vida y cómo quería vivirla, afronté mis demonios, acepté que estaba equivocada, que era inmadura, imperfecta e inconsciente, lo más importante y liberador fue entender que ser así no significaba que yo era mala persona, ni tenía nada de malo, entendí que en el fondo todos somos así, y una vez abierta busqué ayuda cuando fue necesario, empecé a estudiar y a desmontar mi ego y mis creencias, busqué allí donde olía mal, abrí las ollas podridas de mi vida, las cajas de pandora, me lancé a mis abismos, caí por años, hasta tocar fondo.

El mayor de los aprendizajes de ese proceso fue entender que esta es mi vida, que los demás viven sus vidas, y que es cierto eso de que hay qe vivir y dejar vivir, que nadie es mejor ni peor que yo bajo nigún término,  por ende no tiene sentido alguno ni es ganancia la crítica o juicios, que lo material no vale nada por lo tanto no sufro innecesariamente por lo que no tengo y sólo me esfuerzo por aquello que en realidad es útil y práctico para mi vida, que además todo eso quedará atrás en especial tras mi muerte, que lo único que se va con nosotros si acaso son nuestras vivencias y que frente a cualquier situación yo puedo elegir.

Comprendí que en esta vida el mejor premio a conquistar es vivir cada día intensamente y en salud, con apertura y serenidad antes los cambios, con tolerancia y paciencia ante las adversidades y las ofensas, con humildad y sencillez ante los logros, disfrutando de esa felicidad que va y viene a diario, disfrutando del infinito beneficio de amarlo todo y a todos, así en el pasado me hubiesen hecho daño, o yo a ellos; empecé a disculparme cuando fue posible, a conciliar diferencias, y trato de hacerlo cada vez que me es posible.

Ahora decido elegir en todo momento aquello que a mediano y largo plazo sea lo más conveniente porque me garantizará mantener este estado de calma desde el que puedo actuar conscientemente en todo momento, elegir evitar los conflictos en especial cuando necesito hacer valer mi punto de vista o que mis decisiones sean respetadas.

Y aprender a elegir fue y sigue siendo una práctica a diario, un ejercicio de vida.

Por ejemplo:

Fue muy importante saber elegir como individuo qué hacer en medio de la situación que vive mi país Venezuela; más allá de idealismos tuve que ubicarme y ser realista ya que un día bajo la presión de empezar a ver cómo la situación del país, la escasez de alimentos y medicinas, es decir, una situación ajena a mi voluntad, estaba empezando a afectar mi plan de vida y entendí que había llegado la hora de tomar decisiones.

Cuando la situación empezó a afectarme, cuando el estrés cotidiano de evitar ser víctima de una situación violenta o de riesgo para mi vida, cuando se empezaron a generar malestares que yo consideraba innecesarios, me senté a explorar opciones, unas parecían imposibles dadas mis posibilidades y realidad para ese momento, y las que parecían posibles o más lógicas simplemente ya no estaban alineadas con lo que yo quería pues implicaban aceptar que terceros determinasen la calidad de mi bienestar desde mi alimentación hasta mis ratos de ocio; entonces tuve que elegir y decidí por mi, y por mi plan de vida. Aposté a lo imposible.

Tuve que aceptar que el plan original que había trazado apenas un par de años antes cuando decidí abandonar mis luchas y conflictos ya no sería posible bajo las nuevas condiciones impuestas por el “gobierno”, tuve que sentarme a pensar durante meses cómo podría cambiarlo de forma tal que el impacto fuese tolerable y los sacrificios valiesen la pena.

Entonces afloraron en la superficie nuevas variantes y opciones, podía cambiar de profesión, podía volver a mi casa familiar, podía mudarme de ciudad e irme al campo, podía intentar salir del país, podía quedarme un tiempo más como estaba, podía decidir empezar a hacer las colas, podía dejar de comer lo que me gusta, me nutre o lo que necesito, podía vivir enferma ante la escasez de ciertos medicamentos que son indispensables para mi salud pues padezco de una enfermedad crónica, podía odiar al gobierno y echarle la culpa de mis nuevas desgracias, podía elegir entre estas opciones y muchas más, y así lo hice, elegí la que menos viable, la que implicaba ponerlo todo en cero, quedarme sola, deshacerme de los premios materiales que había conquistado con mis luchas y contiendas, pero que si bien sería la más dolorosa e impactante a largo plazo me haría más feliz.

Me tomó dos años ejecutar la primera fase, estas cosas no son cosas que dan resultados inmediatos cuando el punto de partida requiere de tantos cambios que a simple vista parecen improbables.

Hoy estoy aún en las etapas iniciales de la segunda fase de este plan de vida,  mis cálculos indican que probablemente para que este nuevo plan empiece a dar mejores frutos debo atravesar al menos un  par de fases más, y todo parece indicar que el promedio de cada fase es de mas o menos un par de años para que se completen, por lo tanto, pase lo que pase, cada vez que sea necesario tomar decisiones debo hacerlo convencida de que lo que quiero es posible, de que quizás me toque seguir tomando decisiones muy duras pero convenientes y de que debo seguir trabajando en mi flexibilidad para afrontar cambios y retos, no pensando desde el orgullo, ni para demostrarle nada a nadie pues siendo esta mi vida no necesito aprobación de terceros, sino confiando en mi capacidad de elegir correctamente aún cuando dichas decisiones puedan parecer las menos gratas en ese momento.

Trato de aprovechar al máximo esos instantes de breve felicidad que vivo a diario, como cuando veo una planta florecer, o acaricio un gato ajeno, o me pierdo en la sonrisa de mi pareja, trato de alimentarme de forma saludable con los recursos que tengo y mover mi cuerpo para ir fortaleciendo mi salud, tengo paciencia y trato de ser tolerante frente a las adversidades que afronto como consecuencia de mi decisión y cuando no puedo, porque mi condición de humana me lleva al límite, decido asumir mis duelos, errores, rabia o tristezas con entereza pero sin evasiones para poder seguir caminando y decidiendo.

Yo decido sin culpas.

Ojo! no soy privilegiada, nada de esto ha sido fácil para mi, en realidad Yo soy como Tú, entre nosotros no hay diferencias esenciales, tú también puedes decidir siempre, puedes decidir para ti y por ti, decidir que mereces algo bueno, porque en realidad nadie es mejor ni peor que tú, así tu situación actual parezca ser la peor imaginable, en donde quiera que estés y como quiera que estés, tú tienes la opción y el derecho de decidir estar mejor, acabar con el dolor, y en especial puedes decidir tomar las riendas de tu futuro, ahí mismo en este instante en donde estés y como estés.

Puede que hoy tu nevera esté vacía así como tus bolsillos, yo también estuve así mas de una vez y créeme se lo que se siente, puedes estar tendido en tu lecho de muerte, puede que tu relación esté acabando, puede ser que un ser querido haya muerto o esté gravemente enfermo y su muerte se aproxime, puede que tu jefe sea un maltratador, o tus padres, profesores o compañeros, puede ser estés en la calle, sin techo, puede ser que no tengas nada, ni a nadie, puede ser que éste sea el día más terrible de tu vida hasta ahora y aun así, tú puedes elegir, obviamente debes elegir conscientemente, hay cosas que no podrás cambiar, en especial si son cosas que dependen o le están sucediendo a alguien más, pero puedes elegir cómo asumes este momento, si permites que te absorba y te eche al suelo, o si por el contrario te plantas frente él y lo soportas, y aún si eliges caer, puedes elegir entonces levantarte y continuar, seguir adelante sabiendo que todo lo que sucede es porque tú lo permites.

En los momentos difíciles y siempre

Elige decidir por ti.

Si Tú no estás bien, nada estará bien, aun cuando lo parezca.



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